7 DE ENERO DE 2016

La gran pregunta en 2016 sigue siendo si Europa, la Unión Europea, será capaz de cambiar sus nefastas políticas económicas. Ha llegado el momento de saber si la presión de los electorados, especialmente los de los países del Sur, sirve o no para algo. Los ciudadanos de los PIGS (Portugal, Italia, Grecia y España, por sus malvadas siglas en inglés) están hartos de sufrir las consecuencias de la austeridad de raíz ideológica que han venido imponiendo los gobiernos conservadores y los mercados financieros, y que tienen un objetivo claro: mantener a los trabajadores y a las clases medias en la inseguridad y el miedo para garantizar que la barra libre de despidos masivos, salarios indecentes, contratos basura, recortes de derechos y libertades, paro juvenil, desigualdad y trasvase de cerebros sur-norte dure el mayor tiempo posible.

¿Es factible, como defiende el movimiento DiEM25, que va a poner en marcha el próximo 9 de febrero, en Berlín, el economista y ex ministro griego Yanis Varoufakis, una alternativa entre el fortalecimiento de los movimientos nacionalistas europeos, el renacer de los partidos que defienden los estados-nación que observamos día a día, y el funcionamiento no democrático de las instituciones de la UE, que imponen esas severas políticas a grandes masas, cada vez más desposeídas de poder? ¿Es posible, dentro de la propia zona del euro, modificar sustancial y democráticamente esas políticas?

Es una pregunta básica, porque está relacionada con la raíz misma de la democracia. ¿Se puede cambiar? Ya sabemos que los cambios sustanciales no son posibles por separado, dentro de cada país miembro, porque la pertenencia a la UE conlleva soberanías compartidas. Pero, ¿es posible dentro de la propia UE reformar las instituciones, por ejemplo el funcionamiento del Eurogrupo, absolutamente opaco y antidemocrático?

¿Es posible crear alianzas dentro de la propia Unión que fuercen esas reformas? ¿De dónde puede salir el poder necesario para impulsar ese nuevo camino? Seguramente la batalla para impedir la actual deriva europea, que según analistas como Wolfgang Munchau terminará con una catástrofe y con la ruptura de la unión, no se desarrollará en un solo año, 2016, pero sí es posible que 2016 suponga el inicio de esa batalla o el entierro de la posibilidad de abrir un debate nuevo, dentro de las propias instituciones, es decir de la mano de algunos gobiernos de izquierda capaces de llevar al Consejo Europeo nuevas voces, nuevos análisis, y de hacerlo de manera más conjunta y menos débil que hasta ahora.

Sabemos ya perfectamente cómo se las gastan los acreedores frente a los países más débiles y los gobiernos de izquierda. Los brutales acreedores de Grecia han dado un ejemplo que no se puede olvidar, la prueba de que en sus manos se destruye el proyecto europeo, entendido como el proyecto de una sociedad capaz de alcanzar el crecimiento económico sin dejar detrás, arrasada, a la tercera parte de la población. Tan salvaje está siendo la rapiña en Atenas que hasta el primer ministro italiano, Matteo Renzi, poco propenso a sumarse a un acuerdo “Sur”, pero muy preocupado por la creciente debilidad de algunos de sus propios bancos, denunció esta semana la manera en la que los acreedores alemanes arrasan Grecia sin la menor vacilación y con el respaldo del Eurogrupo.

Quizá Renzi, que como Hollande se hizo el sueco aquel funesto 13 de julio en que Merkel forzó la capitulación sin condiciones de Tsipras, ha entendido ya que no hay manera de defenderse de los bancos del norte si no se tiene la fuerza necesaria para ello, democráticamente y dentro de la propia UE. Nadie garantiza que un frente del sur consiga torcer la mano de Schäuble y sus socios. Sea como sea, hay que intentarlo, porque el modelo europeo de la sociedad de bienestar no ha encontrado hasta ahora una alternativa más factible y atractiva.

No se trata simplemente de relajar las políticas de austeridad. Seguramente este año se produzca esa pequeña relajación, sobre todo porque Alemania necesita fondos para su nueva política de refugiados (que tiene una importante vertiente de inversión en crear nuevos trabajadores); porque Francia está empeñada en disparar sus gastos de defensa y seguridad para reactivar su economía (gastos que Europa acepta no contabilizar como déficit, contra lo que sucede con los de sanidad y educación), y también porque existe la posibilidad de unas nuevas elecciones generales en España, lo que desaconseja vivamente, incluso a los propios mercados, imponer por las bravas nuevos recortes sociales.

Esa eventual relajación solo actúa, sin embargo, como una cortina de humo frente a la cuestión esencial: ¿puede darse en los países del Sur de Europa una alianza entre la socialdemocracia clásica y otros partidos de izquierda que abra en Bruselas el debate sobre las nuevas políticas económicas y sociales y que sea capaz al mismo tiempo de luchar para mejorar la arteriosclerosis democrática de las instituciones europeas? Portugal ha dado un pequeño ejemplo, pero su economía es muy débil y su alianza de izquierda está todavía cogida con alfileres. Lo que suceda en España puede ser mucho más decisivo, porque el PSOE es un partido que tiene todavía una formidable visibilidad y repercusión en la socialdemocracia europea.

Por eso su responsabilidad es tan grande, y por eso es tan lamentable (además de suicida) que la cúpula neoliberal del partido prefiera, contra los deseos de sus votantes, una Gran Coalición más o menos camuflada con el PP y Ciudadanos a una alianza con Podemos, IU y los nacionalistas.

Este mismo argumento, en otra escala, se puede aplicar a Podemos. Pablo Iglesias, que ha sido eurodiputado un tiempo, sabe muy bien que si Europa no cambia será muy difícil cambiar de verdad las políticas en los países endeudados, incluso si ganas de calle elecciones y referéndums como hizo Syriza. Quizá sea el momento de explicar esta verdad de cajón a los electores, y dejar de fantasear con matar al padre en un incierto adelanto electoral. Un gobierno PSOE-Podemos-IU es perfectamente posible, y tendría el respaldo social suficiente para desalojar a la derecha corrupta del poder y, enseguida, para combatir la emergencia social y tratar de liderar la resistencia de los PIGS contra eso que Noam Chomsky ha llamado “el asalto neoliberal a la periferia sur”.

Quizá Munchau tenga razón y otra Europa no sea ya posible. Pero si la socialdemocracia y la izquierda española no son capaces de unirse para intentar cambiarla cuando tienen esa oportunidad histórica, cometerían un error garrafal. Y muchos electores, especialmente los socialistas, no se lo perdonarían –jamás.

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