Comienza una nueva campaña electoral. El viejo régimen se resquebraja pero no acaba de caer. Se muestra fuerte y hablamos muy poco de la forma de vida que queremos construir más allá del horizonte electoral


7 DE MAYO DE 2016

Comenzaré con una idea de escritos anteriores. Lo que para los clásicos resultaba crucial en un régimen político, más allá de su gobierno y sus leyes, era su carácter, la forma de vida dominante. Lo que en Atenas denominaban ethos.

Algunos venimos manteniendo que en el carácter que triunfa a día de hoy resulta clave la normalización de la justicia oligárquica, donde se considera justo que los que más tienen o los más formados en determinadas materias manden. Esto degrada el principio democrático esencial de la equidad, la confianza en que la sabiduría política práctica, además de dinámica, está repartida de otro modo que los dineros o los conocimientos expertos.

La asunción de que la felicidad se basa en la acumulación, en el tener más de manera inmediata y pensando principalmente en uno mismo, es otro rasgo oligárquico esencial que encaja como un guante en nuestra sociedad de consumo, colapso ecológico y cambio perpetuo.

Una emoción política fundamental del ethos oligárquico es el miedo. Este predomina no sólo en la prensa, sino también en las empresas, en los partidos, en las instituciones públicas. Fruto de la precariedad e incertidumbre que ha alcanzado la vida en la España del siglo XXI, de la amenaza del desempleo o del peso de las hipotecas, el temor coarta libertades frente a la voluntad de los jefes. Acá y allá el carácter de unos y otras se corroe, amoldándose al dominante de forma obligada o incluso a veces tristemente cómplice. Y así se va fortaleciendo un ethos donde el estricto respeto al principio de jefatura y las jerarquías resulta crucial para el mantenimiento del régimen, al mismo tiempo que para sobrevivir profesional y económicamente.

Pero, ¿cómo transformar este carácter? ¿Cómo desafiarlo sin perecer? ¿Cómo desquitarse de algo tan inscrito en nosotros social y culturalmente?

Lo primero, habría que tener clara la comprensión del ciudadano de la que se parte. Las ciencias sociales durante el siglo XX pusieron de moda un monigote que les era útil para sus desarrollos metodológicos, para sus cálculos con el votante o con el homo economicus. Simplificaciones que en realidad suponían amputaciones de la condición humana. La influencia cartesiana en ellos era esencial. La separación entre mente y cuerpo conllevaba a su vez la cesura entre razón y emoción. La consideración de esta última como algo “animal” (con su matiz de inferioridad), el punto ciego que suponía la imaginación política y la asunción implícita de un sujeto plenamente soberano, controlador, racional, conquistador, mensurable desde sus conductas, aún a día de hoy predomina al pensar el ciudadano.

Esto es algo que felizmente comienza a superarse en el plano académico. Es por ello que sorprende cómo en la escena política a día de hoy aún siguen sin embargo funcionando los presupuestos cartesianos. A la emoción se la considera como algo sucio, que apela a lo más bajo de nuestro ser, pero útil en momentos especiales como las campañas. A la imaginación podemos decir que ni se la llama ni se la espera, y casi todos hablan de un sentido común genérico, prácticamente de una Razón en marcha, que casi nadie explica realmente qué es más allá de la propia opinión razonada.

Uno de los desencadenantes de la crisis del régimen actual reside en que no se supo escuchar de manera conveniente una emoción política clave como la ira. El trabajo que está desarrollando Alicia García al respecto, con valiosas referencias de partida como Judith Shklar, Martha Nussbaum o Hannah Arendt, resulta iluminador. La cólera surge de la injusticia. La conforman creencias previas y evaluaciones que acaban concluyendo que alguna promesa se ha incumplido, que uno mismo o alguien cercano ha sufrido inmerecidamente, que el daño era relevante y no trivial. Este juicio provoca un levantamiento, un movimiento del cuerpo hacia afuera (e-moción) en forma de latidos acelerados, rostros enrojecidos y airados pechos con ganas de explotar. Las dictaduras silencian y reprimen esta indignación, las democracias han de saber escuchar y responder.

Concebir la ira ciudadana como un activo que guardarse en la cartera como rédito político a explotar en beneficio propio es vieja política, de la cartesiana para empezar y de algo peor para terminar. Es lo que Arendt supo ver que también se daba en los peores rostros de las revoluciones, allá donde las nuevas élites cabalgaban a lomos del pueblo en armas para que una vez destrozado todo pudieran ellos ocupar los centros de poder asaltados. La ira concebida como un viento huracanado, animal, que arrasaba en beneficio propio.

Escuchar democráticamente la indignación es otra cosa. Lo primero de todo ha de ser dar voz. Para ello precisamos organizaciones políticas democráticas y medios de comunicación, empresas e instituciones liberadas del ordeno y mando oligárquico, pues necesitamos que las voces de la ciudadanía sean las protagonistas. Las que discutan y decidan, no las que cambian de canal o agachan la cabeza. Voces que, pacíficamente, construyan democracia.

La neurociencia a día de hoy constata que el ser humano es “frágil, complejo, finito y vulnerable”, como escribía hace ya unos años Antonio Damasio. “El reforzamiento de la racionalidad requiere probablemente que se preste una mayor consideración a la vulnerabilidad del mundo interior”. Al final de su obra El error Descartes, este autor dirigía directamente “una llamada a su gobierno”. Es decir, al gobierno democrático del mundo interno.

Antes de la tradición hermenéutica contemporánea, de la teoría crítica y del psicoanálisis, de los últimos avances en neurociencia, la retórica clásica y humanista ya había anticipado todo esto. Para ella el primer estadio de la ciencia política era el gobierno del ciudadano. Luego venían los de la ciudad, de la nación y finalmente el internacional. El ciudadano para la retórica era complejo, aquel “pozo mirando fijamente el cielo” de Fernando Pessoa, un individuo incompleto, que aceptaba sus límites a la hora de conocer y conocerse, pero que a la vez se sabía rico. Aceptar la falta de soberanía sobre sí traía la necesidad de un gobierno donde atender al logos, al pathos y a la fantasía por igual. Desde ahí partía todo lo demás en política.

Giambattista Vico, epígono de la retórica humanista y gran crítico del primer cartesianismo, proporciona bases imprescindibles para que este gobierno del mundo interno sea democrático. Aceptar la diferencia y lo extraño en uno mismo, darle voz y no encerrarlo en las mazmorras de la represión, obtiene su correlato en el mundo externo en un reconocimiento hacia la diferencia. De aquí surge esa defensa férrea del napolitano hacia la hospitalidad y su crítica a las exclusiones antisemitas de la época.

Vico sabía que era imposible eliminar afectos sin destruir la condición humana. Él, como antes Quintiliano, concebía a las Musas —“potencias de la fantasía”— como hijas de la Memoria, una conexión entre recuerdo e imaginación que ahora ya también nos corrobora la neurociencia. Resulta crucial estudiar el mundo de las almas humanas para comprender adecuadamente las comunidades políticas: si suprimimos partes del ciudadano se pierden partes esenciales de la ciudad. No hay mejor modo de conocer un partido político o una ciudad que adentrarse a fondo en los vericuetos, alturas y falencias del alma humana.

Razón, emociones y fantasía se combinan en un organismo conectado entre sí y a su contexto material, donde unas y otras se apoyan a menudo de forma simultánea.

Las emociones pueden llegar a ser una forma silenciosa de pensar. Vico nos hablaba del mutus del ciudadano que, como los silencios de una obra musical o el coro mudo de una tragedia, nos dicen todo de este. Como los barrios silenciados de una ciudad, como la pobreza. Construir democracia es saber escuchar estos silencios, también ayudar a darles voz.

Comienza una nueva campaña electoral. El viejo régimen se resquebraja pero no acaba de caer. Su ethos aún se muestra fuerte y hablamos muy poco de ese otro carácter, esa forma de vida que queremos construir más allá del horizonte electoral. Avanzamos hacia lo que llamamos democracia y creemos saber lo que es, pero hablamos poco de ello, al menos no a fondo. ¿En qué consiste cultivar democráticamente las emociones, como reclama Alicia García? ¿Nos atreveremos a repartir de verdad el poder político para que gobiernen los cualquiera? ¿Aprenderemos a ser felices sin destruir el planeta ni al de al lado? ¿Dejaremos de buscar el santo grial de la ira ciudadana en las viejas reliquias de la patria, la religión y lo supuestamente animal?

Escucha atenta, cultivo del diálogo y de la ética de manera inseparable a toda acción política. Y una campaña de esperanzas que convertir en alegrías, de amistad política que fomentar entre distintos, de audacias que encaminar hacia la transformación material efectiva de esta oligarquía, de respeto por los adversarios presentándoles razones firmes y rigurosas, sin ceder en los principios y a la vez sin dogmas, sin atender al juego sucio más que para seguir adelante. Una campaña en la que atreverse a romper e imaginar políticamente salidas a esta crisis monumental. Un decir indignado y valiente que eche abajo poco a poco miedos y jerarquías, que se emocione al pensar y construir colectivamente nuevos proyectos de ciudad, con un pie en las instituciones y otro en las calles, para ir trayendo poco a poco ese nuevo ethos democrático con el que recuperar un país, con el que recuperarnos también a nosotros mismos.

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