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El siguiente en la cadena de matanza, pequeño matadero, España, 2010.
Después de enfrentarnos a la mirada de un conejo, aún vivo, a punto de ser matado, en la foto siguiente el conejo forma parte ya de la cadena. “Este matadero compra cada conejo vivo por 1,35 euros y vende su cuerpo por 3,10 euros, lo que supone un margen de casi el 250%. Antes de matarlos, a los setenta días de vida, se transporta a los conejos en pequeñas jaulas apiladas hasta el matadero y a veces pasan una noche en estas jaulas (que normalmente suelen apilarse hasta una altura de seis) sin comida ni agua”. Foto: Jo-Anne McArthur

‘We animals’ (Plaza y Valdés), de la fotógrafa y reportera canadiense Jo-Anne McArthur, es un libro con un centenar de fotos y textos que nos da cuenta de la vida real de miles de millones de animales que nos rodean y acompañan, a los que hacemos sufrir, a los que ignoramos, a los que matamos y nos comemos. Triste vida que elegimos no ver.

Hace un par de semanas viajé a Sevilla. La Asociación Vínculo Humano-Animal me invitó para presentar mi último libro, El día que dejé de comer animales, y abrir un debate con el público sobre un tema que cada vez está más sobre la mesa, ya que hablamos de comida. Me monté en el Ave entusiasmado, como siempre que viajo en tren, aunque sea en el maltrecho regional que tomo con frecuencia y que me lleva de Madrid a Plasencia (poco más de 200 kilómetros) en cuatro horas, sin cafetería y a veces con paradas surrealistas en medio de cualquier parte. Para silenciar el ruido de los móviles y sus sonidos reiterativos, de las charlas de sus dueños con sus empresas, amantes o amigos, me llevé una buena remesa de libros. En la ida casi me devoré Andar sin ruido (Páginas de Espuma), el primer libro de Carlos Frontera, un excelente debut. Los cuentos de Andar sin ruido, que casi lograron aislarme del pandemonio en el que se había convertido el vagón, están escritos con grandes dosis de humor, imaginación y aventura y experimentación literaria. Las familias, las parejas rotas, las trampas de lo cotidiano, son algunos de los temas de este libro. Pero hoy no quiero hablar de Andar sin ruido –lo haré la semana que viene en una conversación que mantuve con el autor– sino del libro que me acompañó en el viaje de vuelta de Sevilla a Madrid, We animals (Plaza y Valdés), de la fotógrafa y reportera canadiense Jo-Anne McArthur, y del que no he podido desprenderme desde entonces.

Como explica la propia autora en la introducción, se trata de un libro para detenerse. En este mundo ahogado por las prisas, recomiendo mirar con calma, una a una, las más de 100 fotografías del libro, imágenes que dan cuenta de la vida real de los animales, la que elegimos no ver. Y leer los textos que las acompañan, que las complementan, que las contextualizan y que revelan un matiz que a simple vista quizás nos habría pasado desapercibido.

Cachorros para comida. Mercado Bacha, Vietnam, 2009 “Esta perrita nunca había sido querida o admirada por ningún ser humano. Nunca movió su cola ni intentó caminar. En cambio, al igual que ocurre con muchos ‘animales para consumo’, cuando nos mira a la cara, podemos sentir una emoción: el miedo”.

Cachorros para comida. Mercado Bacha, Vietnam, 2009
“Esta perrita nunca había sido querida o admirada por ningún ser humano. Nunca movió su cola ni intentó caminar. En cambio, al igual que ocurre con muchos ‘animales para consumo’, cuando nos mira a la cara, podemos sentir una emoción: el miedo”. Foto: Jo-Anne McArthur

La soledad de un hermoso escarabajo búfalo en un terrario abre este libro que no deja indiferente. McArthur ha viajado por el mundo en busca de historias, de retratos de animales que se usan para el entretenimiento y la moda, para comer, en la investigación. Verán que la autora rehúye del dramatismo y que es precisamente eso, el ángulo desde el que nos presenta a los animales, en escenas cotidianas, lo que convierte estas imágenes en poderosos símbolos de denuncia. Ferias de ganado, carreras de galgos, águilas enjauladas, el mundo del circo y de los zoos, el terror de las granjas de producción de carne, los toros, la caza del zorro, animales utilizados como cobayas. No creo que a McArthur se le haya escapado ningún ámbito de la vida animal relacionada con esos otros animales –los humanos– que los utilizan para su propio beneficio, sin pensar en su sufrimiento. Uno no sale igual después de mirar/leer este libro. Algunas de las fotografías, las que fueron tomadas en los centros de producción de carne, tuvo que hacerlas de un modo clandestino (lo que suele llamarse como investigaciones encubiertas), con la complicidad de la noche, de una penumbra que cubre de luto la vida de tantos millones de animales condenados a morir. Esa es la parte que no vemos, que no queremos ver.

José Valle (cofundador de Igualdad Animal), iluminando la oscuridad, granja de gallinas en batería, España, 2009.

José Valle (cofundador de Igualdad Animal), iluminando la oscuridad, granja de gallinas en batería, España, 2009. Foto: Jo-Anne McArthur

Pingüino Humboldt, Centro Comercial Pata, Bangkok, Tailandia, 2009. “Este pingüino solitario vive en el zoológico de Pata, que se encuentra en los dos últimos pisos de unos almacenes dentro de un caluroso y húmedo centro comercial con el mismo nombre en Bangkok”.

Pingüino Humboldt, Centro Comercial Pata, Bangkok, Tailandia, 2009.
“Este pingüino solitario vive en el zoológico de Pata, que se encuentra en los dos últimos pisos de unos almacenes dentro de un caluroso y húmedo centro comercial con el mismo nombre en Bangkok”. Foto: Jo-Anne McArthur

5.Granja de visones, Suecia, 2010. “Trabajar en investigaciones encubiertas a menudo conlleva atravesar bosques, colinas y campos llenos de cultivos o arbustos para llegar al destino. Las granjas normalmente son lugares alejados, porque la industria no quiere que veas, oigas o huelas lo que ocurre en sus instalaciones”.

Granja de visones, Suecia, 2010. “Trabajar en investigaciones encubiertas a menudo conlleva atravesar bosques, colinas y campos llenos de cultivos o arbustos para llegar al destino. Las granjas normalmente son lugares alejados, porque la industria no quiere que veas, oigas o huelas lo que ocurre en sus instalaciones”. Foto: Jo-Anne McArthur.

Pero hay otras fotografías, casi más desoladoras por su cotidianeidad y cercanía. Por ejemplo, el encuentro entre las miradas de unos niños y un oso polar en un zoo de Toronto. O la pesadumbre y la tristeza de un elefante encadenado en un circo de Luke, también en Canadá. O un toro que yace asesinado en el albero de una plaza. O la muerte que se entrevé entre los barrotes de un camión que transporta animales al matadero, uno de los que nos encontramos en las carreteras y que miramos con indiferencia. El capítulo final, más esperanzador, se titula Compasión, y ahí la fotógrafa se detiene en la otra vida posible, la de los animales que han sido rescatados cuando iban al matadero.

Puedes contactar con el autor en: escrituracreativajaviermorales@gmail.com

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