JUAN CARLOS MONEDERO

Cuando los profesores hablan menos y preguntan más, puede ser que hasta aprendan cosas. Esta mañana se abrió una discusión en clase de sistema político español. Hablábamos de la libertad y pregunté: ¿deben tener las mujeres derecho sobre su propio cuerpo? En nombre de ese derecho ¿alguien puede dictarles cómo deben vestirse? ¿Y sus relaciones sexuales? Si esa libertad sobre su cuerpo es un derecho ¿se extiende al derecho a la libre interrupción del embarazo?

Todos afirmaban. Entonces disparé: ¿debierais también tener derecho a vender un riñón? Un sector entendió que por supuesto. Otro se escandalizó. “En nombre de mi libertad, si quiero vender un riñón lo vendo porque es mío”. Reviraron las chicas de la primera fila: “¡Pero qué libertad es esa si tienes que vender un riñón!” Un tercero intervino: “puedes donarlo, pero no venderlo porque donarlo es un acto de generosidad y venderlo de necesidad”. Llegamos a un acuerdo citando a Rousseau: una sociedad justa es una sociedad donde nadie es tan rico como para poder comprar a alguien ni nadie tan pobre como para tener que venderse. Una sociedad donde hay gente que tiene que vender un riñón para vivir es una sociedad que está firmando la guerra de todos contra todos. Si todo se compra y se vende, los que no tienen nada entenderán que los ricos han roto el contrato social y la paz social, fragmentada por los que se creen con derecho a comprar riñones, salta por los aires.

Y entonces hicimos un quiebro: ¿y vender tu cuerpo? ¿Qué pasa con la prostitución? ¿De verdad alguien conoce a alguna prostituta que quiera que su hija también se prostituya? ¿Y vender tus ideas o tu fuerza de trabajo? Dos reflexiones atravesaron la clase: en Bolivia, hay sindicatos de niños, porque los niños tienen que trabajar para vivir y con un sindicato penan menos. De donde se sacaba la conclusión de que sería bueno que las mujeres que trabajan vendiendo su cuerpo tuvieran derechos. Sobrevolaba un elemento moral, religioso, que hace de vender tu cuerpo algo más terrible que vender tu cerebro. Entonces alertó una alumna: “¡Cuidado! La prostitución no es un trabajo cualquiera. Para los hombres, la prostitución no es una solución, en cambio, para nosotras prostituirnos siempre está ahí como salida. ¿En qué consistirá ese contrato de trabajo? Está de moda tener sexo con embarazadas. Y entonces ahora andan discutiendo hasta qué mes de embarazo es legal que te acuestes con ellas”.

Y soltó una bomba: “aquí en la facultad, hay compañeras que se han tenido que prostituir para pagar las tasas”. Se hizo un gran silencio en el aula.

Pensé en los recortes de becas que a mi me permitieron estudiar, pensé en el Ministro Wert viviendo a todo lujo en París, en Rajoy leyendo el Marca y fumándose un puro, en los recortes de Montoro. Y no sé porque pensé que Rousseau tenía mucha razón y que el capitalismo, diga lo que diga Rivera, es una mierda.

Luego está Cristina Cifuentes, de la que dependen las universidades públicas madrileñas, a la que le aprueban asignaturas por la cara en la Universidad Rey Juan Carlos (gran nombre) donde el Rector plagiaba y el claustro universitario era incapaz de hacerle dimitir. ¿Puede gobernarnos alguien, responsable de las universidades, que ha falsificado su expediente? ¿Todas las semanas un escándalo? ¿Qué más tenemos que saber? ¿Qué más necesita Ciudadanos para dejar de ser monaguillo de esta podredumbre? Cifuentes estuvo también muy ligada al Gerente de la Universidad Complutense que dio cobijo a Tamayo y Sáez el día que le dieron el gobierno a Esperanza Aguirre. Siempre con lo mejor de cada casa.

Vuelvo a pensar en esas alumnas y luego en los que nos gobiernan. Que son los que prostituyen nuestra democracia. Marca España

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