Louise Bourgeois
Louise Bourgeois y  su “A Girl”, 1968

Louise Caroline Bourgeois nació en París el 25 de diciembre de 1911 y murió en Nueva York el 31 de mayo de 2010.

La política cultural que queremos. José Enrique Ema y Jazmín Beirak

Publicado en la revista La Circular

Las transformaciones políticas no son únicamente de las instituciones de representación o de los centros de poder. Lo son también de los marcos de sentido compartidos que permiten la vida en común, es decir, de la cultura. En este sentido, la cultura no es ajena a lo político. Es un territorio de disputa y reconfiguración de lo existente en el que entran en conflicto lo que refuerza el orden establecido y lo que lo cuestiona abriendo otras maneras de pensarnos y vivir juntos. No podemos entender, entonces, las relaciones entre política y cultura como mera politización partidista de ésta instrumentalizándola al servicio de los intereses de una determinada opción política. Es necesario, por tanto, pensar políticamente la cultura, mantener abierta en ella la posibilidad de cuestionar los modos de vida establecidos y mostrar otros que nos puedan permitir convivir de otra manera. Si algo tienen en común la cultura y la política es su capacidad para abrir y modificar los límites de lo que se considera como posible.

Louise-Bourgeois,-Arch-of-Hysteria
Louise-Bourgeois,-Arch-of-Hysteria

Sin embargo, este no ha sido el marco desde el que se han planteado las relaciones entre cultura y política desde las instituciones en España en los últimos treinta años. Dos rasgos han definido la política cultural en nuestro país: el primero, una fuerte institucionalización desde sus inicios en 1977 con la creación del Ministerio de Cultura; y el segundo, una instrumentalización, un uso de la cultura como herramienta para alcanzar resultados y objetivos que no necesariamente iban en beneficio de la consolidación de un tejido cultural rico y sostenible. La cultura ha sido tratada como “valor añadido”. Ha servido para sellar pactos, para dotarse de distinción, ha sido útil para la obtención de beneficio económico -como marca, identidad, folclore u objeto de consumo turístico, herramienta de consenso y elemento de cohesión social-. La política ha intentado domesticar la cultura utilizándola como herramienta despolitizadora para naturalizar el mundo existente como el único posible. Y es en este sentido en el que se podría afirmar que, hasta ahora, salvo casos excepcionales y habitualmente periféricos, no ha existido una política cultural como tal, una política que no tuviera como objetivo hacer de la cultura un recurso para otra cosa.
Llevando hasta la caricatura podríamos hablar de dos modelos de política cultural: el de libre mercado y el intervencionista. Ambos modelos tienen sus puntos ciegos: el primero supone abandonar la cultura a las lógicas y dinámicas del mercado, en él la cultura solo puede sobrevivir como mercancía; el segundo podría llevarnos, en sus versiones extremas, a una excesiva intervención y dependencia institucional que produzca y consolide redes clientelares y rígidos controles ideológicos. Frente a estos dos modelos están quienes señalan que o bien el Estado no ha de hacer nada, no estorbar y simplemente dejar hacer; o bien ha de reforzar su papel destinando más presupuesto, insuflando vida a un sector caracterizado por la precariedad y la inestabilidad. La cuestión es que ambas alternativas no yerran: se necesita autonomía y se necesita sostenibilidad. Precisamente, son estos dos los ejes en torno a los que tenemos que pensar nuestras propuestas.

Louise Bourgeois. “Maman”, 1999
Louise Bourgeois. “Maman”, 1999

Frente a un modelo de institucionalización cultural fuertemente dependiente de las administraciones públicas, proponemos un modelo que fomente el pluralismo cultural, la creación autónoma y la viabilidad y sostenibilidad económica que fomente la creatividad sin hipotecas ni dependencias excesivas del Estado. Frente a la retirada de la institución pública o la dejación de sus responsabilidades en pro de una supuesta articulación libre en el mercado, planteamos la cultura como derecho y, por tanto, como bien común que debe ser protegido públicamente. En un modelo como este, el papel de las políticas y las instituciones ha de ser por lo tanto de mediación, de impulso, de conexión y de visibilización. Una política que empuje, sin condicionar, los procesos existentes garantizando que estos cuentan con los marcos legales y las condiciones materiales necesarias para su desarrollo. Un modelo de política cultural en estos términos se concibe como herramienta de facilitación y estímulo de prácticas culturales y, por esa misma razón, de garantía y protección de sus condiciones de acceso y de producción. En definitiva, una política cultural basada en la sostenibilidad y la autonomía que tendría como objetivos garantizar y multiplicar los modos de acceso a la cultura y a la producción cultural.
Para ello necesitamos instituciones más flexibles y democráticas, con dispositivos de escucha y de participación que permitan adaptarse a las demandas y propuestas de la ciudadanía. Instituciones de retaguardia, que cuiden, estimulen y protejan el capital cultural y sus actores. Que contribuyan a articular redes, colectivos y entornos. Una política que cuide de lo que ha existido como un patrimonio común accesible, que lo que ya existe pueda seguir existiendo y que lo que aún no existe pueda tener condiciones favorables para hacerlo.
No buscamos la cuadratura del círculo. Somos conscientes de que esta propuesta está atravesada por tensiones y contradicciones, pero también de que debemos apostar por afrontarlas con claridad en los principios pero con flexibilidad, riesgo y valentía en sus prácticas. Una política cultural ha de tener en cuenta que no puede prefijar de manera vertical los contenidos de las prácticas culturales y por tanto, uno de sus objetivos es fomentar su proliferación. Proliferación en escalas, en tiempos, en contenidos, en modos de producción y distribución, en públicos y en formatos. Por esta razón, el modelo de política cultural que planteamos pretende situarse entre dos polos de sentido común, autonomía y sostenibilidad, afrontando los excesos y defectos de cada uno de ellos, pero también en tensión permanente porque ese entre no existe sino como expresión de una relación por construir.
Sabemos que no hay un marco neutral, ni dentro ni fuera del Estado al margen de las relaciones de poder que atraviesan y cristalizan en la sociedad y sus instituciones. Pero necesitamos palancas de intervención democrática para influir en ellas sosteniendo sus tensiones y contradicciones. Llamamos a esta palanca: política cultural, y la entendemos como la herramienta que nos permite hacernos cargo de los resortes institucionales que tenemos a nuestro alcance para intervenir democráticamente en la vida en común, es decir, sometiendo su gestión al control y la participación ciudadana. Pensar pues en una política cultural desde las instituciones públicas implica pensar  en cómo la gestión de recursos materiales y humanos finitos puede dar lugar a un espacio cultural más democrático, más diverso y más sostenible.

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